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EL
MUNDO DEL TAROT
El
tarot es uno de los métodos adivinatorios que se utiliza
actualmente junto a las runas, el dominó, etc.
El
tarot consiste en 78 cartas, 22
arcanos mayores
y 56
arcanos menores.
Los arcanos mayores representan los símbolos con más
significado, con sus imágenes y colores el intérprete
puede leer en ellos el pasado, presente y futuro.
Las cartas son
simbólicas, y de ahí su capacidad para ser una
herramienta de adivinación. Sus simbología se extrae de
los personajes míticos, los arquetipos, la numerología,
la kábala...
Se trata de
uno de los métodos de adivinación más antiguos, lo que
permite descifrar un significado oculto en cada una de
sus cartas, un significado que se relaciona directamente
con estados y circunstancias del alma, y que va más allá
de la realidad física que conocemos, permitiendo así
describir circunstancias tanto presentes, como pasadas,
como futuras del consultante.
Las
circunstancias no suceden por azar. Nada sucede por
casualidad, ya que según las creencias esotéricas, que
se tanto se han actualizado y puesto de moda en los
ambientes relacionados con la psicología humanista, la
casualidad ni siquiera existe.
Bebiendo de
las raíces de la propia alquimia, hoy se están
recuperando creencias filosóficas antiquísimas, lo que
está arriba es igual a lo que está abajo... lo que está
dentro es igual a lo que está fuera... el brazo del
universo extiende su gesto, derramando "casualidades"
por todas partes, creando "realidades" exteriores,
pasiones interiores, mitos y símbolos, que tienen todos
ellos un mismo denominador común, si se sabe descifrar
correctamente. Uno de los hilos conductores de ese
movimiento del azar, que a la vez aporta luz para ser
descifrado, es el Tarot.
Así pues,
cuando el consultante en un momento determinado desea
conocer y comprender los símbolos que operan en su vida,
el azar pone en sus manos unos arquetipos que van a
darle ese significado. ¿Por qué es así? Porque ha sido
así durante siglos y siglos, porque el hombre, sea cual
sea su condición social, su sexo o su cultura...ha
confiado en él a través de su larga humanidad.
Si quieres
ahora puedes ver los
tipos de barajas
que existen de tarot y las
diferentes tiradas
que se pueden hacer
Existen
numerosas tiradas clásicas del Tarot, como "La estrella
de siete puntas"; "La tirada en herradura"; "La cruz
celta"; "El árbol de la vida", etc. Sin embargo son
muchos los profesionales que defienden la libre
interpretación y tirada de los arcanos del Tarot. Según
estas opiniones, las fascinantes figuras de los arcanos
contienen la suficiente simbología en sus formas,
motivos y colores como para servir de soporte a la
intuición del vidente. En otras palabras, mientras
algunos cartománticos defienden un significado rígido de
cada naipe, otros abogan por una libre interpretación de
cada carta en función de lo que sugiere al vidente en
cada momento y consulta.
HISTORIA
DEL TAROT
Se atribuye a Curt de
Gébelin, en su monumental obra Monde Primitif (1781), la
primera descripción escrita del juego de Tarot; también
podría atribuírsele la responsabilidad de su leyenda,
lanzada tan espontánea como gratuitamente. En el tomo
VIII de Monde, Gébelin asegura que el Tarot sería nada
menos que el «único libro sobreviviente de las dispersas
biliotecas egipcias», aunque no aporta la menor prueba
en defensa de su arriesgada teoría. Mérito de Gébelin
fue, sin duda, reparar por primera vez en la riqueza
simbólica de las láminas, que descubrió por casualidad
en la Camargue, donde los vaqueros las utilizaban para
un rústico sistema de adivinación. Pero el destino de
estas literaturas es a menudo equívoco y contradictorio:
a Gébelin se lo recuerda menos por esta perspicacia que
por su desmesurada ficcion, ya que aquélla necesitó de
las investigaciones contemporáneas para resurgir en toda
su agudeza, mientras que la teoría egipcia gozó desde su
lanzamiento de un siglo y medio de reiterado fervor.
Seguramenete contribuyó a esta superchería el clima de
la época, el gusto por los disfraces caprichosos que
caracterizó al ocultismo de salón. El hecho es que tras
las huellas del autor de Monde Primitif puede citarse a
una constelación de ágiles embaucadores, a cuyo frente
merece figurar Etteilla, reconstructor de un Tarot
galante y arbitrario, que tuvo sin embargo la fortuna de
convertirse en naipe favorito de los adivinos, y fue
usado por los más célebres de ellos incluída la
deslumbrante mademoiselle Lenormand. Etteilla -que en
realidad se llamaba Alliette, y fue peluquero de la
aristocracia francesa hasta el encuentro de su
definitiva vocación- se convirtió rápidamente en el pope
de la cartomancia, y desorbitó las presunciones de
Gébelin en numerosos escritos, en los que proclamó al
Tarot como al libro más antiguo del mundo, obra personal
de Hermes-Thot en la remota infancia de la humanidad. Un
paso más allá se arriesgó Christian (Histoire de la
Magie, 1854), imaginando las ceremonias de iniciación en
el templo de Memphis, que habrian estado presididas por
los veintidós arcanos, cada uno de los cuáles equivalía
a una llave de la revelación. Cuando la ruina faraónica,
este compendio de conocimientos supremos habría pasado a
los pitagóricos y los gnósticos, quienes a su vez lo
dejaron en herencia a los alquimistas. Esta sintesis
imaginativa de la prehistoria del Tarot, alcanzaría
tiempo después su consagración por medio de Eduard Shuré,
quien la repite puntualmente en Los grandes iniciados,
acaso el primer best-seller que produjera el ocultismo.
Pero es a través de la obra de un sacerdote -increíble
codificador de cuánto se conocía hasta entonces sobre
ciencias ocultas- que el Tarot llegará al punto más alto
de su prestigio mítico. El abate Constant, popularizado
para el mundo bajo el seudónimo de Éliphas Lévi, hace de
él la columna vertebral y el conductor secreto de su
libro capital (Dogme et Rituel de la Haute Magie, 1856).
Lévi asegura que el Tarot no es otro que el «libro
atribuido a Enoch, séptimo maestro del mundo después de
Adán, por los hebreos; a Hermes Trimegisto, por los
egipcios; a Cadmus, el misterioso fundador de la Ciudad
Santa, por los griegos», y desarrolla la teoria según la
cual los arcanos consiguieron su envidiable
supervivencia. El sabio cabalista Gaffarel, uno de los
magos de la corte del cardenal Richelieu, habria probado
que «los antiguos pontifices de Israel leían las
respuestas de la Providencia en los oráculos del Tarot,
al que llamaban Théraph o théraphims». Cuando la
destrución del Templo, en el año 70, el recuerdo de los
théraphims originales acompañó al pueblo elegido en su
destierro, y su simbolismo -ya que no sus formas- se
transmitió por tradición oral durante siglos. Los
cabalistas españoles habrían reconstruido las tabletas,
en un momento que podría ubicarse alrededor del siglo
XIII.
Es evidente que el simbolismo de los arcanos se
relaciona con grafismos primitivos y recurrentes, pero
nada autoriza en la actualidad a pronunciarse por la
continuidad histórica ideal que propone Lévi. Más
coherente es atribuir la paternidad del Tarot al genio
colectivo de los imagineros medievales, como sugiere
Wirth, quienes dotaron de la bella forma que conocemos a
un conjunto simbólico disperso, al que los siglos, el
conocimiento iniciático de las corporaciones, la
casualidad y el trabajo de reconstrucc i ón de los
eruditos de los últimos doscientos años, acabó por
convertir en el rutilante mazo de 78 naipes que se
conoce bajo el nombre de Tarot de Marsella.
Reconstrucción histórica
La invención del Tarot, es inseparable de la historia
de los juegos de cartas. Bien porque las variantes de
naipes en uso descienden de su versión más completa,
bien porque los arcanos se hayan agregado en algún
momento a la inocencia de la baraja para disimular su
filiación esotérica. Para Roger Caillois, nuestra baraja
desciende del naipe islámico y del chino (las
carticellas educativas italianas, habrían tomado de éste
último «el simbolismo racional y cívico»), los que a su
vez serían herederos del Dasavatara indio, aunque no
hayan adquirido formalmente nada «de la lujuriosa
mitología de la India». El Dasavatara, que suele
encontrarse aún en la India contemporánea, se compone de
diez series o palos de doce cartas cada uno,
correspondientes a las diez encarnaciones o avâtaras de
Vishnu, e ilustradas con sus símbolos. La iconografía de
estas 120 cartas, suele variar según los centros de
fabricación. Cada serie -siguiendo la descripcón de
Caillois- comprende dos figuras (el rey y el visir) y
diez cartas de puntos, numeradas del uno al diez. En las
cinco primeras series, el orden de las cartas numeradas
es ascendente, de uno a diez, siendo el uno la más baja,
en las cinco últimas el orden es inverso,
correspondiendo al uno o as el mayor valor. Las series
son emblemáticas como las de nuestra baraja, aunque su
mayor número y la variedad iconográfica apuntada
dificultan el paralelo. Entre las más usadas podrían
anotarse, sin embargo, los peces, tortugas, conchas,
discos (equivalentes a los oros), lotos, cálices,
vasijas (copas), hachas, arcos (bastos y espadas).
«Algunos juegos -concluye Caillois- representan escenas
donde intervienen de uno a diez personajes, según el
valor de la carta: un fumador solitario, dos hombres en
trance de discutir, una dama y su sirvienta visitando a
un santón (...), una muchacha bailando delante del rey y
tres cortesanos, etc.»
Para el británico Roger Tilley (Cartes a jouer et
tarots), hay un curioso paralelo entre la representación
del dios híbrido Ardhanari (cuya mitad izquierda es
Shiva, y la derecha la Shakti Devi) y las series de la
baraja: la mitad Shiva sostiene una copa, y la mujer una
espada. Podría agregarse que el anillo de Devi alude al
oro, y el eje vertical del andrógino al carácter de
cetro que se atribuye al basto. El ejemplo es un tanto
excesivo, pero sirve para destacar la esencia
referencial de toda simbología: integrado a sistemas de
creciente complejidad, el símbolo no sólo no pierde su
fuerza evocadora, sino que la acrecienta. Puestos a
descubrir paralelismos de este tipo, es probable que el
desmonte de un sólo sistema se convirtiese en una tarea
inagotable.
Más estrictamente, se intentará aquí una cronología
probable de los juegos de cartas -en alguno de cuyos
puntos debe encontrarse el ubícuo nacimiento del Tarot-
los datos más comprobables, o citados con mayor
frecuencia por los especialistas.
1120 - Hacia esta fecha ubica Tilley la invención de
las cartas, confeccionadas por encargo de Huei-Song,
emperador de la China, para distraer los ocios de sus
numerosas mujeres. El americano Stewart Culin, apoya
también esta tesis. Ambos deben referirse al «texto
desgraciadamente tardío y sin autoridad» que menciona
Caillois en su descripción del juego denominado Mil
veces diez mil. A pesar de su nombre, el juego -debido
al ingenio de un oficial de la corte- no contaba con más
de treinta tabletas de marfil, divididas en tres series
de nueve naipes cada una, y tres triunfos fuera de serie
(uno de ellos titulaba el mazo, y los dos restantes eran
llamados La Flor Blanca y La Flor Roja). Algunas de
estas cartas estaban re acionadas con el Cielo, otras
con la Tierra, ciertas con el hombre, y el mayor número
de ellas con nociones abstractas como la suerte o los
deberes del ciudadano. Marcadas con diversas señales
combinables entre las series, el total de estas marcas
equivalía al número de las estrellas. «El juego era
entonces un microcosmos -acierta Caillois- un alfabeto
de emblemas capaz de cubrir el universo.»
1227 - Viajeros franceses informan que los niños
italianos eran «instruidos en el conocimiento de las
virtudes, con unas láminas que ellos denominan
carticellas».
1240 - El Sínodo de Worcester prohíbe a tos clérigos
«el deshonesto juego del Rey y de la Reina», frase que
puede referirse a las cartas, al ajedrez, o a alguna
otra moda frívola acaso menos inocente. Por aquella
época Ramón Llull (1235-1315) habría conocido los
veintidós arcanos, según afirma Oswald Wirth.
1299 - El Trattato del governo della familia di Pipozzo
di Sandro, manuscrito sienés fechado en este año,
menciona la existencia de los «naibis». Parece ser la
más antigua referencia a las cartas en manuscritos
occidentales.
1332 - Alfonso XI de Castilla, El Justiciero,
recomienda a sus caballeros se abstengan de los juegos
de cartas.
1310/1377 - Varias referencias a los naipes, en
Alemania, propagadas por la soldadesca que acompañara a
Enrique VII de Luxemburgo -efímero emperador germánico-
durante sus campañas italianas. En 1329, el Obispo de
Wurzburg firma un interdicto condenando estos
entretenimientos. El «juego de las páginas y figuras»,
es reprobado en los estatutos de varios monasterios
italianos. El Abad de Saint Germain no menciona, sin
embargo, las cartas, en las Instrucciones a los
clérigos, de 1363, ni se las incluye en la prohibición
de practicar «toda clase de juegos de dados o de mesa,
como el ajedrez y las damas», en el decreto firmado en
1369 por Carlos V de Francia.
1377 - El padre Johannes, un sacerdote alemán de cuya
identidad sólo se conserva la firma, estampada a la
cabecera de un vasto informe redactado en latín
(colección del British Museum), asegura que «un cierto
juego, llamado de los naipes, ha aparecido entre
nosotros este año. Este juego describe a la perfección
el estado actual del mundo. Pero ¿cuándo, por quién y en
qué lugar ha sido ingeniado este juego? Esto es algo que
ignoro totalmente...» Más adelante cita seis tipos
diferentes de baraja, entre los que hay una compuesta
por 78 láminas. Acaso es el Tarot, aunque faltan todavía
algunos años para la aparición de la copia más antigua
que ha llegado hasta nosotros.
1379 - Una crónica de Viterbo hace mención a «il gioco
delle carte che in saracino parlare si chiama nayb».
Nayb, de donde derivarán «naibis» y naipes, es el
singular del indostano nabab (virreyes, lugartenientes,
gobernadores): esta etimología es una de las pruebas que
corrobora, para la mayoría de los especialistas, el
origen oriental de las cartas, introducidas seguramente
en Europa por los comerciantes italianos. En el mismo
año, los duques Jeanne y Wenceslas adquieren un juego de
cartas a la firma Ange van der Noot, de Bruselas, según
consta en una factura hallada en 1870 por Alexandre
Pinchart, en los archivos del ducado de Brabante.
1381 - Una minuta del notario Laurent Aycardi, fechada
en Marsella el 30 de agosto de este año, da cuenta de la
existencia de un juego de naipes entre los bienes de la
herencia dejada por uno de sus clientes. La referencia
en el inventario, al lado de muebles, joyas y otros
bienes, puede dar idea del alto valor que tenían por
entonces estas colecciones iluminadas, hechas a mano y
en tirada singular.
1392 - «A Jacquemin Gringonneur, pintor, por tres
juegos de cartas dorados y en diversos colores y
divisas, hechos para el esparcimiento de nuestro
infortunado rey Carlos VI» consta, de puño y letra del
tesorero, en el Registro de las Cuentas Reales de Carlos
VI de Francia. De allí parte la hipótesis -falsa, pero
muy popular en Francia, y repetida por casi todos los
historiadores hasta el siglo pasado- de que las cartas
se inventaron para distraer la locura del rey, quien por
entonces pasaba una de las más graves crisis de su
enfermedad, no reconocía a sus familiares, y se
encerraba a disputar interminables partidas con su
favorita Odette de Champdivers (Juan Bautista Weiss,
Historia Universal;). Lo que sí cabe señalar de estos
naipes, es que son los más antiguos tarots que se
conservan, y el artesano Gringonneur debe a ellos su
perdurabilidad. Es evidente que no son originales, sino
copia o refundido de otros juegos más antiguos, pero
ofrecen por primera vez la totalidad de las 78 láminas,
incluyendo los 22 arcanos fuera de serie y color, que
debieron desconcertar los entusiasmos lúdicos del
desdichado Carlos VI.
1393 - El moralista y educador italiano G. B. Morelli,
recomienda las láminas de los naibis como «instructivas
y provechosas» para la educación de los niños. Parece
lógico concluir que eran aún piezas singulares,
aplicadas más a la representación de repertorios
enciclopédicos que al juego. La difusión del grabado en
madera , la creación de las corporaciones italianas de
«pintores de cartas», y la liberalidad de la corte
francesa de Carlos VI, popularizarán esta última función
en las primeras décadas del siglo siguiente.
1398 - Primeras referencias de la llegada de los
gitanos al cuadrilátero de Bohemia; se extenderían por
Suiza e Italia en veinte años más, para llegar a España
circa 1427. Gérard van Rijneberk ha demostrado que no
fueron los introductores de las cartas en Europa, ni los
inventores del Tarot, como se creyó durante mucho
tiempo. No es seguro, en cambio, que no hayan sido los
primeros en descubrir sus posibilidades cartománticas.
1415 ó 1430 - En una de estas dos fechas Filippo María
Visconti, duque de Milán, paga 1.500 piezas de oro por
un solo juego de naipes «iluminados a mano». Es el más
antiguo Tarot italiano que ha llegado hasta nosotros.
1419 - Muerte de Francesco Fibbia, admitido como
inventor de las cartas de juego. Los reformadores de la
ciudad de Bologna le reconocieron, como creador del
tarocchino, el derecho a estampar su escudo de armas
sobre la reina de bastos, y el de su mujer, una
Bentivoglio, sobre la reina de oros.
1423 - San Bernardino de Siena lanza, en Bologna, un
furibundo ataque contra los juegos de naipes y de dados.
Por esta fecha, poco más o menos, ha culminado la
actividad de «les imagiers du moyen age» quienes, al
decir de Wirth, son los creadores formales del Tarot.
Veinte años después, los pintores italianos se quejan de
la difusión extraordinaria de estos toscos grabados, que
acabará por extinguir el floreciente negocio de las
barajas iluminadas.
1545 - Un tratado anónimo -citado por Caillois- propone
esta explicación para el simbolismo de las series: «Las
espadas recuerdan la muerte de aquéllos que se
desesperan con el juego; los bastones indican el castigo
que merecen los que trampean; los oros muestran el
alimento del juego; las copas, en fin, el brebaje por el
que se apaciguan las disputas de los jugadores.»
1546 - Guillaume Postel (1510-1581; realizó dos
extensos viajes por Oriente que, en opinión de Wirth,
«le aportaron una suerte de ciencia universal») publica
Clavis absonditorum, en donde establece la relación
entre TARO, ROTA o ATOR con las cuatro letras del
Tetragrammaton, o Nombre de Dios. Es acaso la más
antigua referencia al simbolismo elíptico del Tarot, y
sin duda el primer intento de una explicación esotérica
de su nombre.
1590/1600Aboul Fazl Allami describe un juego de 144
cartas, en doce series de doce. Abkar lo reduce a 96
cartas; es decir, a 8 series. El italiano Garzoni
escribe una minuciosa descripción del Tarot, que
responde enteramente a la de nuestro actual Tarot de
Marsella. Caillois interpreta que por entonces se había
llegado a la madurez de «un lenguaje jeroglífico
universal», con símbolos paganos y cristianos, eruditos
o populares, donde «lo esencial era obtener una
totalidad que contuviera al universo».
1622 - Pierre de l'Ancre publica L'incredulité et
mescréance du sortilege plainement convaincue..., en
donde hace esta pueril referencia a la cartomancia: «es
una forma de adivinación de ciertas personas que toman
las imágenes y las ponen en presencia de determinados
demonios o espíritus que ellos han convocado, a fin de
que estas imágenes les instruyan sobre las cosas que
ellos desean saber». Las carticellas educativas se
habían metamorfoseado en naipes de juego, y éstos
devenían el más flamante y popular de los métodos
adivinatorios.
Los compañeros de ruta del Tarot de Marsella
Fautrier, un ilustrador marsellés de mediados del XVIII,
diseñó lo que se podría considerar como la última
edición del Tarot, modificada sólo en pequeños detalles
-sospechosos de fantásticos en buena medida- por
Stanislas de Guaita y Oswald Wirth. Pero es indudable
que no es Fautrier el creador de esta vasta simbología,
sino una suerte de codificador de lo que cuatrocientos
años de artesanía colectiva pusieron entre sus manos.
Casi dos siglos antes del trabajo del marsellés,
Garzoni conoció un Tarot poco menos que idéntico (las
series eran denominadas monetae, xyphi, gladii y caducei,
y al valet o sota se lo describía como El Viajero); al
tarocchino, de Francesco Fibbia, sólo le faltan 16
cartas de menor importancia (del dos al cinco de cada
palo) para gozar de parecida similitud, y el llamado
«tarot de Besançon» presenta apenas una diferencia de
tipo mitológico: el reemplazo de los arcanos II y V (La
Sacerdotisa y El Pontífice), por la s figuras de Juno y
Júpiter.
Existen variantes más significativas, como el Minchiate
florentino, que a mediados del siglo XV ofrecía una
colección de 95 naipes, de los cuales cuarenta eran
arcanos; o el juego denominado Trappola, al que no puede
considerarse propiamente un Tarot ya que, al margen de
faltas menores (no tiene reinas, ni los números del tres
al seis), carece de arcanos.
El más famoso de los competidores del Tarot es, sin
duda, el atribuido a Mantegna (según Le Scouézec, sin
fundamento), llamado también Cartas de Baldini. Son
cincuenta arcanos, divididos en cinco series de diez
naipes cada una, y su tendencia enciclopédica lo
relaciona más con el carácter pedagógico del naipe chino
(Mil veces diez mil), que con la evolución de la baraja
occidental. Así, la primera de las decenas marca la
jerarquía de las clases sociales (mendigo, sirviente,
artesano, comerciante, gentilhombre, caballero, duque,
rey, emperador y papa); la segunda representa a las
nueve musas, complementadas por Apolo; la tercera alude
a las ciencias, y la cuarta a las virtudes. La quinta
serie, finalmente, incluye los siete planetas, la octava
Esfera, el Primer Móvil, y la Primera Causa. Wirth -que
conoció dos ejemplares de las Baldini, de 1470 y 1485-
asevera que su autor, neófito en materias esotéricas,
intentó ampliar y mejorar por su cuenta un modelo de
Tarot que le parecía insuficiente e incomprensible,
rellenando estas supuestas carencias con concesiones a
la filosofía de la época. Parece probable, ya que se
conoce al menos la existencia del modelo diseñado por
Gringonneur, con toda seguridad anterior a las Baldini.
Queda por mencionar el tardío y arbitrario tarot
conocido como Gran Etteilla, exhumado (o más
probablemente, inventado) por el peluquero Alliette. No
se le toma en cuenta en ninguna de las investigaciones
serias sobre el simbolismo del Tarot, pero fue con mucho
el más divulgado y popular entre los adivinos de los
últimos dos siglos, y todavía se lo cita como paradigma
del misterio en la baja literatura ocultista.
Los historiadores
Para Luc Benoist, hay un movimiento intermedio -durante
el XVIII francés- que liga al romanticismo alemán con
los platónicos del Renacimiento (Marsilio Ficino, Pico
de la Mirándola, Giordano Bruno, Campanella) asegurando
la continuidad del pensamiento esotérico en la Europa
ocidental. Movimiento de transición, y con frecuencia
«más místico que iniciático», naufragará posteriormente
en la gran confusión masónica y rosacruz. Uno de sus
representantes, Claude de Saint-Martin, será, sin
embargo, el único que por aquella época coincida con el
inspirado Curt de Gébelin, intuyendo en el Tarot algo
más que un inocente pasatiempo. Si bien Saint-Martin
está lejos de divulgar las fantasías egipcias de sus
predecesores, parece cierta su influencia en la
formación de los ocultistas del XIX, principalmente en
Christian y Éliphas Lévi. A partir de este último habrá
que distinguir dos líneas entre los historiadores del
Tarot: una conducirá al charlatanismo desembozado de
Gérard Encausse, quien bajo el seudónimo de doctor Papus
dedicará al tema dos libros de vasta difusión (Tarot des
Bohémiens y Le Tarot divinatoire), divulgados
profusamente en los años previos a la Primera Guerra
Mundial; la otra, pasando por el magisterio de Joséphin
Péladan (quien creó el primer método simbólico de
lectura) y Stanislas de Guaita, llegará a Oswald Wirth.
El Wirth de la madurez, sobre todo , no parece merecer
la crítica con que Aimé Patri («Un monde intelligible
d'images », Critique, n.° 84, mayo de 1954) lo
descalifica: «EI Tarot de Oswald Wirth -dice Patri- con
sus figuras tan graciosas, o el de Papus, con sus
imágenes particularmente horribles, constituyen
innovaciones debidas a la fantasía personal de sus
autores, puestos en la necesidad de justificar sus
interpretaciones.»
Si la obra de Wirth se resiente frecuentemente de
excesos imaginativos, no es menos cierto que se trata
del libro más serio y documentado que haya sido escrito
por un ocultista, y que sigue siendo el indispensable
punto de partida para toda investigación o comentario
sobre el Tarot. Más completas o más rigurosas, deben
mucho a Wirth obras como las de Paul Marteau o Gérard
van Rijneberk, en la década de los cuarenta, y la aguda
recapitulación de materiales sobre el tema, realizada
por Gwen Le Scouézec en 1965.
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